D. tocaba la guitarra y cantaba. Obvio que, a los ojos de las chicas, un tipo que toca la guitarra y canta tiene alguna ventaja frente a los que miran, algo así como un plus que lo transforma en winner, lo hace más alto, más buen mozo, más sensible, más inteligente, más seductor... y más histérico. 
D., además, no era un "rasgueador" de esos que tocan la que todos sabemos para que los acordes básicos se pierdan entre los gritos del improvisado coro. No, D. tocaba en serio. Punteaba bonito, se enojaba cuando los acompañantes desafinábamos e inocultablemente se le inflaba el ego al percibir que todas suspirábamos por él.
C. moría por D. hasta el límite de la angustia. Yo, más dispersa, oscilaba entre él y un par más pero de buen grado habría aceptado sus miradas, algún que otro beso y la osadía de una caricia robada. Pero D. no cedía. Como una verdadera estrella, era hermético en cuanto a sus verdaderos sentimientos, como si sintiese que se debía a ese público de colegialas románticas. Como una verdadera estrella entendía que la magia reside en el misterio. Y era reservado y misterioso.
Esta canción era el caballito de batalla de D. La que no tocaba hasta escuchar las súplicas de las chicas, la que postergaba mientras los otros varones del grupo juntaban envidia y rabia, la que después soltaba con voz segura, igualita a la versión original.
¡Ah, me olvidaba!... D. se quedó con P.


Los juguetes y los niños. Vivencia.

En ocasiones siento que tengo la vida más o menos acomodada –por lo general, eso es a lo máximo que podemos aspirar–, todo se desliza apaciblemente y experimento un cierto clima de reposo. Sin embargo, la mayoría de las veces, todo es incierto. Camino en medio de la niebla. Ando a tientas, desorientada. Atino al movimiento para escapar de esa etapa incómoda o me quedo detenida por miedo a estar aún peor. El piso tiembla. El aire se espesa. La lucidez desaparece. 
Sé que tanto desconcierto suele ser preludio de un cambio estructural. Sé que se avecina una transformación, un giro que me pondrá en otra dimensión, en otro plano. Un salto cuántico. 
Sé que cuando las cosas andan para atrás, la certeza de que van a mejorar se llama fe. Sé que cuando las preguntas no tienen respuesta, la respuesta está soplando en el viento.


Blowing in the wind. Joan Baez

Cada vez que escucho esta canción mis pies empiezan a moverse y termino levantándome de donde esté para bailar. Porque me encanta, porque me llena de alegría, la he bailado con tacos y descalza, abrigada y casi desnuda, bajo techo y al aire libre, borracha de coca light o sedienta de champagne, sintiéndome agarrada a la tierra y también con los brazos en alto, como volando. La he bailado y la voy a seguir bailando.
La subo acá porque me gusta, porque hay momentos especiales en los que necesitamos conectarnos todavía más con las cosas que nos gustan y porque éste es uno de esos momentos. 


I'm yours. Jason Mraz

Generalmente, uno no cree que algunos años fueron dorados hasta que el tiempo opaca el brillo, hasta que la mirada se ablanda y se pone benévola con el pasado. Generalmente uno recuerda y se enamora del recuerdo. Generalmente, uno piensa en lo feliz que podría haber sido en ese tiempo con la sabiduría que tiene hoy. La juventud es grandiosa cuando ya la hemos pasado.
Yo amaba esta canción. La tenía en un disco simple –una antigüedad– que ponía una y otra vez en mi Discofonic Toca-Toca –otra antigüedad–, una especie de caja/bolso con una correa larga que devoraba pilas A y que sonaba como el @&*#. El aparato en cuestión, de color gris, era el colmo de la innovación y la portabilidad aunque parecía un catafalco tosco y pesaba una tonelada. Además, había que cargar con los disquitos... ¡Quién hubiese imaginado entonces que la música estaría en los teléfonos, que los teléfonos podrían llevarse en el bolsillo y que nuestras vidas serían tan pero tan portátiles!


Never marry a railroad man. The shocking blue

Tiene el encanto de lo políticamente incorrecto, de lo alocado y de lo inesperado. Te saca de la vida "by the book", de lo que se espera que una persona de cierta edad haga a esa cierta edad. Te devuelve a una época que –con justa y sabia razón– creías perdida para siempre. Es fugaz e intenso.
Alguna vez me sentí Mrs. Robinson. Duró lo que tenía que durar: poco. Pero al menos fue alguna vez.


Mrs. Robinson. Simon&Garfunkel

Entre los muchos discos de "música moderna" que solía comprar mi papá estaba el de Herman's Hermits. Era una banda poco común y no muy conocida acá en los 60. 
Para la década siguiente, por algún motivo que no recuerdo, este tema me encantaba y todavía formaba parte de los que yo escuchaba –y bailaba– habitualmente. Aunque hoy puede ser considerado un clásico, el disco era una rareza que varios amigos quisieron comprarme y que todos pedían que llevara cuando nos juntábamos en distintas casas a pasar largas tardes de música y charlas intrascendentes, pero llenas de miradas intensas. En ese entonces me gustaba J. y, como guardábamos la distancia lógica de los catorce años, la broma sobre el título de la canción era tan obvia como inevitable.
Volviendo al disco, la tapa se fue rompiendo y quedó sólo el sobre protector de papel blanco. Llegó un momento en que para escuchar el tema había que tener una de esas púas berretas porque con las buenas saltaba todo el tiempo de lo rayado que estaba. Un día, hace mucho, me olvidé del disco. Después el vinilo fue reemplazado por otro sistema y luego por otro y por otro... Hasta que, unas semanas atrás, volví a encontrarlo, esta vez en youtube, esa moderna lámpara de Aladino que satisface todos mis deseos musicales.
 

Herman's Hermits. No milk today

Estar firmemente atados a nuestras raíces nos permite volar alto y lejos porque sabemos que hay un lugar al cual volver, un refugio y un amparo. Ser conscientes de nuestras raíces nos ayuda a desplegar nuestro potencial, a que nuestra vida florezca y se expanda. El orgullo por nuestras raíces es el fino hilo que nos sostiene y nos alimenta.
Cuando olvidamos nuestro origen, perdemos el rumbo. Nos desorientamos, nos distraemos, nos traicionamos.
Esta escena y este tema de Cinema Paradiso siempre me devuelven al lugar y al tiempo en los cuales se forjó mi identidad; a esas cosas mínimas que sólo parecen tener sentido para mí; a un llanto que pinta el alma de alegría y esperanza. Es un espejo en el cual puedo mirarme y, sin ninguna duda, agradecer ser quien soy y venir de donde vengo.


Cinema Paradiso. Ennio Morricone

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