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La primera vez que caminé por New York esta canción ya era vieja. Sin embargo, no pude dejar de recordarla. ¡Fui tan feliz en ese viaje! Es cierto que podría pasar mi vida viajando. Es cierto que una de las cosas que más rápido y mejor hago es una valija. Es cierto que así como no me causa ninguna ansiedad partir, tampoco es la melancolía lo que me empuja a volver.
Aquella vez terminaba el otoño. Los días eran frescos y cortos. Demasiado cortos para mis ganas de pasear, caminar, explorar y descubrir.
Me perdí entre la gente. Conocí lugares que los turistas no frecuentan. Miré a mi alrededor con esos ojos de Bette Davis que no le pertenecen a Bette Davis –tal como dice la canción– sino a una mujer segura de sí misma, llena de energía y que, indudablemente, no es una extranjera.
Cada paso que di en esa ciudad, cada calle que transité, cada imagen y cada gesto que advertí todavía, después de tantos años, están en mi corazón y en mi cabeza. Se transformaron en parte de mí y me transformaron para siempre.



Bette Davis eyes, Kim Carnes

Estoy lejos de Buenos Aires. Acá, bajo este cielo, el horizonte es casi interminable. Desde un séptimo piso, las líneas luminosas del trazado urbano se pierden lejos, mezclándose con la cintura de árboles que envuelve la ciudad. Más lejos aún, la meseta grisácea. El viento, aunque hoy es suave, reseca la piel, agrieta los labios, desata la sed. 
Demasiado espacio, demasiado cielo, demasiado aire.
Demasiado desamparo para lo que soy: un verdadero, original, auténtico bicho de ciudad.



Bicho de ciudad, Los piojos

Mil nueve setenta y pico largos, el interior de los Estados Unidos, un viaje extraño. Haciendo nada en la época del deme dos... en fin, nada excepto comprar sin pensar, sin elegir, sólo porque supuestamente era conveniente. Las primeras papas fritas con ketchup porque venían así, bañadas en salsa roja cuando todavía ni siquiera imaginábamos McDonald's en Buenos Aires y McDonald's allá era un lugar desagradable y sucio. Mi inglés de academia británica chocando contra el inglés gangoso de ese lugar. La televisión gritona y de colores saturados, inundada de publicidades tipo "llame ya". El aire acondicionado en todos lados: hoteles, supermercados, autos... que todavía acá era un raro lujo. Un Camaro celeste en una autopista vacía a 55 millas por hora. Desayunos con huevos revueltos. La visión de personas vestidas con poco esmero, algunos sombreros de cowboy y botas tejanas, el viento levantando tierra. Un hotel de regular para abajo que olía a hotel de regular para abajo. En el lobby oscuro, unos flippers mecánicos, de aquellos que se tildaban si los movías. Mi pasión por esos juegos. Especialmente por uno que parecía querer darme la satisfacción de sumar muchos puntos. La radio encendida, como en el living de casa pero feo. Y esta canción sonando todo el tiempo mientras yo jugaba ficha tras ficha, allá lejos, hace tanto tiempo. Babe I'm leaving, I must be on my way, the time is drawing near...



Babe. Styx

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