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D. tocaba la guitarra y cantaba. Obvio que, a los ojos de las chicas, un tipo que toca la guitarra y canta tiene alguna ventaja frente a los que miran, algo así como un plus que lo transforma en winner, lo hace más alto, más buen mozo, más sensible, más inteligente, más seductor... y más histérico.
D., además, no era un "rasgueador" de esos que tocan la que todos sabemos para que los acordes básicos se pierdan entre los gritos del improvisado coro. No, D. tocaba en serio. Punteaba bonito, se enojaba cuando los acompañantes desafinábamos e inocultablemente se le inflaba el ego al percibir que todas suspirábamos por él.
C. moría por D. hasta el límite de la angustia. Yo, más dispersa, oscilaba entre él y un par más pero de buen grado habría aceptado sus miradas, algún que otro beso y la osadía de una caricia robada. Pero D. no cedía. Como una verdadera estrella, era hermético en cuanto a sus verdaderos sentimientos, como si sintiese que se debía a ese público de colegialas románticas. Como una verdadera estrella entendía que la magia reside en el misterio. Y era reservado y misterioso.
Esta canción era el caballito de batalla de D. La que no tocaba hasta escuchar las súplicas de las chicas, la que postergaba mientras los otros varones del grupo juntaban envidia y rabia, la que después soltaba con voz segura, igualita a la versión original.
¡Ah, me olvidaba!... D. se quedó con P.
¡Ah, me olvidaba!... D. se quedó con P.
Los juguetes y los niños. Vivencia.
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amores,
éramos tan jóvenes,
tardes de amigos,
una que sepamos todos
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Entre los muchos discos de "música moderna" que solía comprar mi papá estaba el de Herman's Hermits. Era una banda poco común y no muy conocida acá en los 60.
Para la década siguiente, por algún motivo que no recuerdo, este tema me encantaba y todavía formaba parte de los que yo escuchaba –y bailaba– habitualmente. Aunque hoy puede ser considerado un clásico, el disco era una rareza que varios amigos quisieron comprarme y que todos pedían que llevara cuando nos juntábamos en distintas casas a pasar largas tardes de música y charlas intrascendentes, pero llenas de miradas intensas. En ese entonces me gustaba J. y, como guardábamos la distancia lógica de los catorce años, la broma sobre el título de la canción era tan obvia como inevitable.
Volviendo al disco, la tapa se fue rompiendo y quedó sólo el sobre protector de papel blanco. Llegó un momento en que para escuchar el tema había que tener una de esas púas berretas porque con las buenas saltaba todo el tiempo de lo rayado que estaba. Un día, hace mucho, me olvidé del disco. Después el vinilo fue reemplazado por otro sistema y luego por otro y por otro... Hasta que, unas semanas atrás, volví a encontrarlo, esta vez en youtube, esa moderna lámpara de Aladino que satisface todos mis deseos musicales.
Herman's Hermits. No milk today
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