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D. tocaba la guitarra y cantaba. Obvio que, a los ojos de las chicas, un tipo que toca la guitarra y canta tiene alguna ventaja frente a los que miran, algo así como un plus que lo transforma en winner, lo hace más alto, más buen mozo, más sensible, más inteligente, más seductor... y más histérico. 
D., además, no era un "rasgueador" de esos que tocan la que todos sabemos para que los acordes básicos se pierdan entre los gritos del improvisado coro. No, D. tocaba en serio. Punteaba bonito, se enojaba cuando los acompañantes desafinábamos e inocultablemente se le inflaba el ego al percibir que todas suspirábamos por él.
C. moría por D. hasta el límite de la angustia. Yo, más dispersa, oscilaba entre él y un par más pero de buen grado habría aceptado sus miradas, algún que otro beso y la osadía de una caricia robada. Pero D. no cedía. Como una verdadera estrella, era hermético en cuanto a sus verdaderos sentimientos, como si sintiese que se debía a ese público de colegialas románticas. Como una verdadera estrella entendía que la magia reside en el misterio. Y era reservado y misterioso.
Esta canción era el caballito de batalla de D. La que no tocaba hasta escuchar las súplicas de las chicas, la que postergaba mientras los otros varones del grupo juntaban envidia y rabia, la que después soltaba con voz segura, igualita a la versión original.
¡Ah, me olvidaba!... D. se quedó con P.


Los juguetes y los niños. Vivencia.

Contra la norma no escrita, seguida por la mayoría de los artistas internacionales, de evitar las presentaciones en la Argentina mientras gobernase la dictadura, Queen llegó al país en 1981. Había que verlos. Había que estar ahí. Había que saltar y cantar y gritar hasta quedarse sin voz. 
No importaba atravesar una ciudad militarizada. No importaba recorrer calles habitualmente vacías. No importaba regresar a casa muy tarde, cuando el ambiente enrarecido se notaba aún más que durante el día.
Llegué al estadio de Vélez muy temprano, con tiempo para buscar un buen lugar en el pasto. Eramos muchos. Cayó la tarde, se hizo de noche. Parecía que el tiempo no pasaba. Cruzábamos miradas expectantes. En un momento nos paramos y empezamos a aullar. Entonces, apareció la banda y el escenario se iluminó a pleno.
Bailamos furiosamente, los cuerpos chocándose unos contra otros. Los codos, los pies, las cabezas, los corazones, las almas. Todo agitado, conmovido, sacudido.
Cuando Freddie lanzó su "Can... anybody find me..." el estadio volvió a estallar. 
Eramos miles de personas moviéndonos como una vibrante marea. Ondulando con la música. De pronto, algo me sustrajo del latido colectivo. Un abrazo interminable con un beso infinito que duraron lo que duró la canción de una banda que, para mi agradecimiento y beneplácito, se caracterizó porque sus canciones eran larguísimas. 
Tuve, durante el resto del concierto, la sensación de ser a la vez parte de la multitud y única en la multitud. Todo transcurrió sin palabras porque era imposible escuchar otra cosa que no fuese la música. Desapareció de mi vista cuando empezó a sonar "We will rock you". Nos desencontramos. El piso temblaba. Nunca supe ni siquiera su nombre.
Lo perdí, me perdí, nos perdimos. Para siempre. 


Somebody to love. Queen

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