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Hubo un tiempo de fiestas de disfraces.
Podía elegir ser ridícula. Pero era demasiado joven e insegura.
Una pena, porque –hoy creo– hay pocas cosas más divertidas y gratificantes que hacer reír a los demás. Y, para eso, es condición necesaria saber reírse de uno mismo.
Con el tiempo aprendí a hacerlo. Y si bien aún tengo mis limitaciones, me di cuenta de que al mostrar ese costado de mí, quienes están alrededor se relajan y, en la mayoría de los casos, son capaces de mostrar también sus propios costados vecinos al ridículo. Para reírnos juntos. Unos con otros y no unos de otros.
¿Y por qué esta canción? Porque tiene un nombre ridículo, porque es el tema central de una película ridícula, porque invita a bailar de manera ridícula y porque despierta mis ganas de hacer el ridículo.



The Shoop Shoop Shoop Song (It's in His Kiss), Cher

Por cuestiones de principios, aunque pasé mi infancia en una localidad del Conurbano bonaerense en la cual abundaban las escuelas inglesas, mis padres decidieron que la mejor opción para mi educación era la escuela pública (la "escuela del Estado") y que el estudio de otros idiomas era una cuestión sin importancia. De todos modos, no pudieron frenar mi ambición "panlingüística" y, apenas comenzado el secundario, yo ya había logrado tener clases particulares de inglés y de francés. 
Poseída por un entusiasmo incontenible, me calzaba los enormes auriculares qeu es usaban en esa época para escuchar mis canciones preferidas y saltaba de alegría al darme cuenta de que las palabras sueltas iban transformándose en frases y las frases en estrofas hasta que un día, por fin, pude cantar mi primera canción completa: Please, Mr.Postman.



Please, Mr.Postman, Carpenters

Verano. Circuito interminable de playa y disco y playa y disco. Epoca de mañanas inexistentes. Atardeceres mágicos, siempre iguales y siempre diferentes. El sol cayendo en el mar, devorado por esa inmensa boca de agua. Y el mundo cambiando de color segundo a segundo, del amarillo rabioso y ardiente al naranja; del naranja al rojo; del rojo al violeta; del violeta al azul; del azul al negro. Y las primeras estrellas como pequeños faros. Y la luna, asomando cálida en el horizonte y enfriándose en el camino al centro del cielo. Noches de música y alegría. Muchas, todas. Ese ir y venir y estar y no estar y mirar y ser blanco de las miradas. Aquel tiempo en que no había nada más importante que el verano. Y aquel verano en que todos bailamos al ritmo de Dire Straits.  



Sultans of swing, Dire Straits

A la mayoría de las personas, sobre todo a las del género femenino, le gustan las canciones de amor. Dicen cosas simples que sólo tienen significado entre dos personas pero que nos atañen a todos. Yo prefiero las que celebran el amor a las que hablan de amores perdidos o frustrados. Y, curiosamente, las últimas son mucho más numerosas que las primeras.
Además, me fascinan las baladas –de amor, obvio– de bandas cuyo repertorio no es precisamente de baladas; Aerosmith, por ejemplo. 
Abajo, una de mis baladas-de-amor-feliz-de-banda-no-baladista preferida. Si uno no los ve, puede imaginarse jóvenes cantantes melódicos comme il faut ensayando armonías con las voces y la guitarra acústica. Pero, claro, el video –de excelente calidad– muestra otra cosa.


Extreme, More than words

Si hay una canción que para mí celebra el estar bien, esa canción es ésta. Sin prejuicios y sin culpas. Sin vergüenza ni pudor. En un mundo en el cual "soy feliz" es una frase que debe ser dicha en voz baja para no romper el hechizo, para no despertar envidia, para que no ser considerado soberbio, arrogante y vanidoso, esta canción festeja el momento de la felicidad y la intensidad con la que deberíamos experimentarla, alejando de nosotros cualquier sombra de miedo, duda o tristeza. 
Casi todos estamos acostumbrados a celebrar nuestras alegrías con austeridad porque la felicidad es provisoria o porque "el que ríe en viernes llorará en domingo". ¿Y si pensáramos al revés? ¿Y si pudiésemos ser felices hasta los huesos porque, total, la felicidad es provisoria? ¿Y si pudiésemos valorarla porque es fugaz? ¿Y si pudiésemos entender y sentir que la tristeza también lo es? ¿Y si nos acostumbrásemos a pensar sólo en el ahora porque, en definitiva, es lo único que tenemos? 
El tiempo es una construcción que nos encarcela. El tiempo, en realidad, no existe. No hay pasado ni futuro. Sólo momentos encadenados caprichosamente por nuestra memoria. O sucesiones probabilísticas articuladas por nuestra imaginación. La vida es ahora. El ahora es eterno.
I'm a shooting star leaping through the skies. Don't stop me now, I'm having such a good time.


Don't stop me now. Queen.

Cada vez que escucho esta canción mis pies empiezan a moverse y termino levantándome de donde esté para bailar. Porque me encanta, porque me llena de alegría, la he bailado con tacos y descalza, abrigada y casi desnuda, bajo techo y al aire libre, borracha de coca light o sedienta de champagne, sintiéndome agarrada a la tierra y también con los brazos en alto, como volando. La he bailado y la voy a seguir bailando.
La subo acá porque me gusta, porque hay momentos especiales en los que necesitamos conectarnos todavía más con las cosas que nos gustan y porque éste es uno de esos momentos. 


I'm yours. Jason Mraz

Estar firmemente atados a nuestras raíces nos permite volar alto y lejos porque sabemos que hay un lugar al cual volver, un refugio y un amparo. Ser conscientes de nuestras raíces nos ayuda a desplegar nuestro potencial, a que nuestra vida florezca y se expanda. El orgullo por nuestras raíces es el fino hilo que nos sostiene y nos alimenta.
Cuando olvidamos nuestro origen, perdemos el rumbo. Nos desorientamos, nos distraemos, nos traicionamos.
Esta escena y este tema de Cinema Paradiso siempre me devuelven al lugar y al tiempo en los cuales se forjó mi identidad; a esas cosas mínimas que sólo parecen tener sentido para mí; a un llanto que pinta el alma de alegría y esperanza. Es un espejo en el cual puedo mirarme y, sin ninguna duda, agradecer ser quien soy y venir de donde vengo.


Cinema Paradiso. Ennio Morricone

En 1962, tenía yo apenas cuatro años, el Santos jugó contra River en el Monumental. Pelé era la gloria del fútbol mundial que no dejaba de sorprenderse con la magia de su juego.
Mis padres me llevaban a todos lados –en honor a la verdad, yo no me quedaba con nadie de modo que estar siempre con ellos era la única opción– y, por supuesto, también me llevaron a ver River-Santos.
Poco importaba qué se estaba disputando, la gente iba a verlo a Pelé. Tengo el vago recuerdo de un estadio repleto, de hombres corriendo en camisetas blancas, de gritos y exclamaciones. De hecho, fue la primera vez que sentí la potencia que tiene una exclamación multitudinaria y, de alguna manera, percibí la fuerza incontenible que puede desencadenar la acción conjunta.
También recuerdo que la alegría podía respirarse. Tenía densidad y espesor.
A partir de ese día, cada vez que volví a un estadio, ya fuese para un partido de fútbol o para un concierto, tuve la misma sensación de fiesta, de energía que, a partir de un punto, se expande y se contagia hasta tocar nuestro interior.


Festa do interior. Gal Costa

Hace más de treinta años, esta canción me emocionaba. Aunque en ese entonces no vivía en Buenos Aires sino en el Conurbano, me sentía atada a Buenos Aires por nacimiento y por elección.
Buenos Aires es para mí ese pedacito chiquito de un país que a veces es, como dice la letra de este tema, esquivo para corresponder el amor. Una ciudad cuyos habitantes suelen vivir mirando hacia afuera al punto de llegar a olvidarse de quiénes son y adónde pertenecen.
Con el tiempo volví a mi ciudad. La que tiene rincones increíblemente bellos. La que más de una vez me hace enojar. La que me permite ser yo: argentina y porteña. Donde miro hacia arriba para ver los edificios, donde me reconozco en la cara de la gente. 
La ciudad en la que puedo perderme sin perderme. Y en la que me pierdo para encontrarme.   
Esta canción todavía me emociona. Y hoy, mucho más.



Yo vivo en una ciudad. Fabiana Cantilo

A mi papá siempre le gustó cantar. Y lo hace muy bien. Cuenta la leyenda –la leyenda es, en este caso, mi mamá– que mucho antes de que yo naciera, en sus correrías nocturnas, los amigos le pedían que cantara y él se negaba no porque quisiese hacerse rogar sino porque sabía que, de hacerlo, no podría dominar la emoción ni contener las lágrimas ni evitar que su voz se quebrara. 
Sin embargo, nada de eso parecía sucederle conmigo. Cada noche me acunaba y me cantaba hasta que me quedaba dormida. Por cierto, jamás me cantó canciones infantiles sino las que a él le gustaban, las que estaban de moda. Mi canción de cuna preferida, la que más marcó mi infancia, fue Recuedos de Ypacaraí. Por supuesto, el significado de la letra era un misterio para mí y con frecuencia interrumpía el canto de mi papá con preguntas como "¿Qué es plenilunio?". ¡Y ni qué hablar de la curiosidad que me causaban términos como "cuñataí" o "guaraní"!
Muchos años después, en 1998, pasé un fin de semana en San Bernardino, junto al lago de Ypacaraí. Y entendí todo.



Recuerdos de Ypacaraí. Trío Los Panchos

Algunos años atrás, yo estaba pasando por una etapa medio negra –si la mirabas con un solo ojo– y mi hija, de regreso de un viaje a Estados Unidos, trajo todos los discos que, hasta ese momento, tenía editados Coldplay. Los había visto en vivo y estaba fascinada. Las siguientes semanas las pasamos escuchando sus canciones a toda hora, ella mientras recordaba con alegría el concierto y yo, entre lágrimas porque mi vida no iba a ningún lugar.
Tiempo después, cuando ya había empezado a salir del infierno, escuché este tema y Coldplay dejó de estar asociado a ese sentimiento horrible de angustia, a la tristeza y a la frustración.
Viva la vida es para mí un canto que celebra la curación de una grave enfermedad emocional.




Viva la vida. Coldplay

Vinieron a conocer mi nueva casa. Ya estaban en medio de la vorágine de preparativos para el casamiento. Con la incertidumbre propia de la cuenta regresiva. Con los nervios que provocan peleas innecesarias. Con ansiedad. Con alegría.
–Tía, me dijo Pablo, ¿nos ayudás a elegir la música para la iglesia?
–Pero mirá que queremos algo que tenga significado para nosotros, se apuró a aclarar Andrea.
Después de un rato de deliberaciones y búsquedas, surgió "la" canción para la entrada. Marcamos cómo debían ser los movimientos, cada paso acompañado por la música. Nos reímos, nos emocionamos y brindamos.
Todavía quedaba el trabajo más difícil: que el cura aprobase la canción. 
Hace un par de meses, Andrea entró en la iglesia tal como lo habíamos planificado esa noche.


Bendita tu luz. Juan Luis Guerra y Maná

Sentirse bien no es fácil. Pero da el mismo trabajo que sentirse mal.
Me costó años salir del círculo del malestar. Todo debía ser cuestionado. Todo tenía que pasar por la razón, ese artilugio que suele traicionar al corazón con estocadas certeras. Todo tenía un lado malo que opacaba el brillo del lado bueno.
Un día entendí el mecanismo del perro que se muerde la cola, del paisano que cava el pozo alrededor de sus pies. Insisto: no es fácil. Sin embargo, no es imposible. Consiste apenas en comprender que no hay bueno ni malo, que todo es parte de una cadena de acontecimientos que, pretenciosamente, llamamos "mi vida".




Hakuna matata. Elton John
De la banda de sonido de "El rey león".


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