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Buena parte de mi infancia transcurrió frente al televisor. "De aquí a la eternidad", "El puente de Waterloo", "De corazón a corazón", "La malvada", "La ventana indiscreta", "El cisne", "Desayuno en Tiffany's", "La princesa que quería vivir", "El ocaso de una estrella". Películas que vi una y mil veces, siempre fascinada por esa época de Hollywood en la cual las estrellas eran tantas que había que asignarles también los roles secundarios. "Sus dos amores" reunió a una Rita Hayworth desafiante y provocadora (como casi siempre) y a un Frank Sinatra que cantaba esta canción con una picardía que entendí aun cuando era chica y aun cuando no sabía una palabra de inglés. 
Me acuerdo de mí, estudiando las expresiones y los gestos de Rita frente a la tele para después intentar copiarlos frente a un espejo. Me acuerdo de mí fascinada con su figura curvilínea, los vestidos strapless y los guantes larguísimos. Me acuerdo de mí, de esa nenita que admiraba a las estrellas de Hollywood; de todas las ilusiones que quedaron en el camino o que se estrellaron contra la realidad. Y de todas las grandiosas maravillas que la vida me tenía reservadas y que jamás hubiese podido imaginar. 


Frank Sinatra. The lady is a tramp.

Yo tendría alrededor de quince años cuando Claudia Sánchez y Nono Pugliese recorrían el mundo filmando comerciales para L&M. De todos los lugares maravillosos que mostraban en menos de un minuto, el que me fascinaba era Portofino. 
Una noche, mi papá y yo estábamos mirando televisión. El me vio extasiada frente a las imágenes de esa bahía casi de juguete. 
–¡Ay, papá, cómo me gustaría que fuésemos a Portofino!, suspiré.
–Hija, me respondió con dulzura, no sé si yo alguna vez iré pero estoy seguro de que vos sí vas a ir. Prometeme que cuando estés ahí te vas a acordar de mí y de esta noche. 
Quince años más tarde llegué a Portofino. Por supuesto, en lo primero que pensé fue en mi papá. Recién un rato después, cuando me sequé las lágrimas, pude ver la playa minúscula, los trompe-l'oeil que decoraban las fachadas de los edificios, los barcos descansando en el agua de a ratos verde, de a ratos azul. Sentí el aire limpio en mis mejillas, el encanto de esa ciudad mínima. Caminé un rato por la rambla, perdida entre la gente. 
Volví a Europa varias veces. Nunca quise volver a Portofino.

La foto es una captura del comercial. 
No siempre es posible incluir los videos, pero si quieren verlo, el comercial entero –y todos los demás de la serie– está acá.

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