Mostrando entradas con la etiqueta eclecticismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta eclecticismo. Mostrar todas las entradas

Todo puede cambiar. De un día para el otro, de un momento para el otro. Lo que está adentro de un círculo puede estar afuera. Lo que está arriba de nuestras cabezas, abajo. Lo que era blanco puede ser negro y lo gris, desaparecer.
El fluir incesante de la vida nos desafía a la permanente transformación y nos muestra, con sus repetidas variaciones de rumbo y de densidad, que debemos ser flexibles y dinámicos.
Nada, salvo el movimiento, es seguro. Nada, salvo el no saber dónde estaremos al despertar, puede ser considerado una certeza. Quieta aquí, me estoy moviendo. Al abrir los ojos en mi cama, sé que he viajado durante toda la noche y que el cuarto en el que despierto no es el mismo en el que me dormí.
Quien no esté dispuesto a cambiar, queda estancado. Puede trabarse en un recodo o tomarse de una rama por miedo a dejarse llevar. Quien no esté dispuesto a cambiar se convierte en un punto lejano que dejamos atrás, a veces con tristeza, otras con indiferencia. Lo que prueba, una vez más que el tiempo no es tiempo sino espacio.



Bittersweet Symphony, The Verbe

Estoy lejos de Buenos Aires. Acá, bajo este cielo, el horizonte es casi interminable. Desde un séptimo piso, las líneas luminosas del trazado urbano se pierden lejos, mezclándose con la cintura de árboles que envuelve la ciudad. Más lejos aún, la meseta grisácea. El viento, aunque hoy es suave, reseca la piel, agrieta los labios, desata la sed. 
Demasiado espacio, demasiado cielo, demasiado aire.
Demasiado desamparo para lo que soy: un verdadero, original, auténtico bicho de ciudad.



Bicho de ciudad, Los piojos

Soy, por decirlo de alguna manera, "impar". Cuando apenas tenía uso de razón, ya quería ser lo que soy hoy. Antes de aprender a andar en triciclo aprendí a leer y escribir. Cuando otros chicos y chicas jugaban, yo leía libros "de grandes". Cuando mis compañeros de la escuela primaria iban a misa yo hacía un piquete en la puerta de la iglesia. Cuando mis compañeras de la secundaria intercambiaban historietas de Archie, yo me zambullía en "Arbol de Diana".
Durante mucho tiempo me costó horrores admitirlo. Después me costó asumirlo. Más tarde, me costó sostenerlo. No era tanto por mí como por los que me rodeaban. Porque el entorno nunca quiere que estemos fuera de escala o fuera del molde o más allá de la media normal. Y nos quiere así porque es más fácil, porque no complica. Entonces, cuando alzás la cabeza por encima del promedio, ¡zas!, viene el hachazo o el "callate, nena" o el "¡siempre lo mismo, vos!" o el cualquier cosa cuya intención es anular, disimular, desdibujar, maquillar o esconder tu singularidad más singular.
Repasando:
Me costó admitirlo porque eso significaba poner distancia con todo aquello con lo que necesitaba identificarme.
Me costó asumirlo porque –"nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio"– implicaba un camino sin retorno.
Me costó sostenerlo porque la persistencia venía de la mano con la soledad.
Luka y la voz de Suzanne Vega me recuerdan a esa adolescente que fui. La que resultaba atractiva por ser tan diferente; la que, en el fondo y en silencio, sufría por no ser igual a los demás.


Luka, Suzanne Vega

Cuba es para mí: 
La alegría de su gente que se impone a la tristeza.
Un largo lagarto verde.
La salsa y el son.
La esperanza en la Revolución que me transmitieron mis padres. Y también la decepción.
Un bloqueo injusto que transformó a la isla en un prisionero que ha quedado olvidado en una cárcel abandonada.
Tres tristes tigres.
Un paraíso con playa y sol.
La mirada bondadosa de Ibrahím Ferrer y el eterno habano del Compay Segundo.



Chan chan, Buena Vista Social Club

1962
Esperaba cada sábado para verlos en la tele. Un rato antes de las 20.30, iba a mi cuarto y me cambiaba la ropa "de estar en casa" por ropa "de salir". Me apuraba porque no quería perderme nada de lo que pasaba en la pantalla. Bailaba junto con ellos desde que empezaba el programa hasta el último minuto. Me ponía triste cuando se terminaba porque sabía que tendría que esperar toda una semana para volver a verlos. Como uno de ellos era vecino del barrio, mi mamá y mi abuela me lllevaron hasta la casa. Tocamos el timbre y se asomó la mamá.
–Un momentito, nos dijo. Y de inmediato se dio vuelta y lo llamó con un grito por su nombre, que no era el nombre que yo le conocía.
Un instante después apareció, con cara de dormido/cansado/aburrido. Me dedicó una sonrisa y me pellizcó cariñosamente el cachete. Desde entonces, lo detesto.




El club del clan, fragmento de la película.

1967
Su voz me hacía temblar. Sabía todas sus canciones. Tenía todos sus discos. Tanto me gustaba, que mis papás compraron entradas para que fuésemos a verlo al teatro. El era "aquel", él no era nada sin Laura... él se llama Raphael.



Yo soy aquel. Raphael

1972
Moría por ellos. Los seguía a todos lados para ver una y otra vez el mismo bíblico concierto. Desde la primera fila, sufría esa falsa proximidad porque quería estar ahí, arriba del escenario, y ser parte de eso. Me parecía que nada en el mundo podría superar su música y sus letras. Nunca volvió a pasarme con ninguna otra banda. Ellos se quedaron con todo mi fanatismo y mi pasión.


Génesis. Vox Dei

1975
Esa música era light, bailable, romántica, para apretar un rato en la penumbra del club. Pero, sobre todo, para no pensar. Porque era mejor no pensar. Era mucho mejor quedarse en la seguridad de la burbuja, en los fines de semana de rugby, hockey y fiesta. Era mucho más cómodo mantenerse en ese corredor ajeno a la realidad donde todos éramos iguales, con los mismos jeans comprados en la Galería Internacional, con las mismas remeras del pingüino o del cocodrilo. Ellos, todos con las mismas botas; nosotras, con las mismas plataformas de corcho. Para bailar como si nada pasara.



Negra no te vayas de mi lado. Banana

Copyright 2010 Historias con canciones
Lunax Free Premium Blogger™ template by Introblogger