Ok, lo acepto. Uno siempre vuelve sobre las mismas cosas. Una vez que se definen nuestros intereses, los míos en este caso, los temas que captan nuestra atención se tornan recurrentes, vuelven a nosotros.
Por un lado, retomo el tema de las baladas de bandas que no hacen baladas.
Por otro, regreso a un tópico que siempre está conmigo: la memoria y, por extensión, el olvido.
Sin razón aparente, esta canción me pone en contacto con el placer de reflexionar sobre el recuerdo.
Eso que llamamos memoria no es otra cosa que nuestra capacidad de construir un relato de una situación que, aunque la hayamos vivido, será distinta, será otra, será presente cada vez que la contemos o nos la contemos.
¿Por qué no pensar que cada día somos "nuevos", otros, sin historia y sin más futuro que el lapso que existe entre el despertar y el volver a dormir? ¿Por qué no abrazar la idea de que si no hay historia no hay tiempo y si no hay tiempo no hay finitud? ¿Por qué no pensar que esa pequeña ausencia que es el sueño nos deja nuevamente en estado de tabula rasa sobre la cual inscribir, cada día, una biografía inédita? ¿Por qué no creer que es la sucesiva repetición de esa vida inventada la que crea nuestra realidad presente?
Nací el 14 de diciembre, fui al colegio Bernasconi, viví en Hurlingham hasta los 21 años, me gusta la mermelada de naranjas. Todas estas afirmaciones sólo tienen incidencia en mí si las recuerdo, si las traigo al ahora con mi relato. Si me entrego a ellas. Si las hago mías. O si dejo que me atrapen para siempre en el territorio de la certidumbre. Ese territorio que aniquila toda posibilidad de seguir creciendo.
I don't wanna miss a thing, Aerosmith
La primera vez que caminé por New York esta canción ya era vieja. Sin embargo, no pude dejar de recordarla. ¡Fui tan feliz en ese viaje! Es cierto que podría pasar mi vida viajando. Es cierto que una de las cosas que más rápido y mejor hago es una valija. Es cierto que así como no me causa ninguna ansiedad partir, tampoco es la melancolía lo que me empuja a volver.
Aquella vez terminaba el otoño. Los días eran frescos y cortos. Demasiado cortos para mis ganas de pasear, caminar, explorar y descubrir.
Me perdí entre la gente. Conocí lugares que los turistas no frecuentan. Miré a mi alrededor con esos ojos de Bette Davis que no le pertenecen a Bette Davis –tal como dice la canción– sino a una mujer segura de sí misma, llena de energía y que, indudablemente, no es una extranjera.
Cada paso que di en esa ciudad, cada calle que transité, cada imagen y cada gesto que advertí todavía, después de tantos años, están en mi corazón y en mi cabeza. Se transformaron en parte de mí y me transformaron para siempre.
Bette Davis eyes, Kim Carnes
Get back, The Beatles
Zamba para no morir, Hernán Figueroa Reyes
Creo que no hay canción que no hable de amor. Pero para mí, algunas son especiales. The way you look tonight es una de ellas. Y no sin motivo. Alguna vez tuve una relación con alguien que decía que había nacido en la época equivocada porque su alma y su espíritu coincidían con los de la década de esta canción. Era un hombre de otro tiempo que vivía con mucha tristeza su permanente desacople con el tiempo actual. Era capaz de un romanticismo inusual. Y, por supuesto, bailaba muy bien, sobre todo los ritmos que nos transportan de inmediato a los salones en los que, en la década del 40, se bailaba swing. Tal vez lo que nos separó fue comprender que ese salto cronológico sólo podía ensancharse. El se quedó ahí, añorando un tiempo que nunca conoció. Yo seguí adelante, caminando hacia el futuro.
The way you look tonight, Rod Stewart
Sultans of swing, Dire Straits
Tiempo después, en mi imaginación adolescente veía esa época –reciente pero pasada– como el paraíso perdido de los poetas románticos, como el mundo que se había escapado y que había que recuperar y reconstruir.
Y un día todo cambia. Y lo que estaba no está. Y lo que era no es. Entonces la mente se puebla de fotos, de viejos cuentos que parecían interminables y que, sin embargo, se acabaron. Unos ojos se cierran y otros ojos vagan lejos hacia atrás. Un latido se detiene y otro se acelera. Dos suspiros se encuentran un instante en el aire y luego uno vuelve al cuerpo y el otro se desvanece. Una voz se silencia y otra se ahoga.
Y hay que despedirse para siempre de lo que estuvo y ya no está y de lo que fue y ya no es. Y llega el momento del adiós.
Mil nueve setenta y pico largos, el interior de los Estados Unidos, un viaje extraño. Haciendo nada en la época del deme dos... en fin, nada excepto comprar sin pensar, sin elegir, sólo porque supuestamente era conveniente. Las primeras papas fritas con ketchup porque venían así, bañadas en salsa roja cuando todavía ni siquiera imaginábamos McDonald's en Buenos Aires y McDonald's allá era un lugar desagradable y sucio. Mi inglés de academia británica chocando contra el inglés gangoso de ese lugar. La televisión gritona y de colores saturados, inundada de publicidades tipo "llame ya". El aire acondicionado en todos lados: hoteles, supermercados, autos... que todavía acá era un raro lujo. Un Camaro celeste en una autopista vacía a 55 millas por hora. Desayunos con huevos revueltos. La visión de personas vestidas con poco esmero, algunos sombreros de cowboy y botas tejanas, el viento levantando tierra. Un hotel de regular para abajo que olía a hotel de regular para abajo. En el lobby oscuro, unos flippers mecánicos, de aquellos que se tildaban si los movías. Mi pasión por esos juegos. Especialmente por uno que parecía querer darme la satisfacción de sumar muchos puntos. La radio encendida, como en el living de casa pero feo. Y esta canción sonando todo el tiempo mientras yo jugaba ficha tras ficha, allá lejos, hace tanto tiempo. Babe I'm leaving, I must be on my way, the time is drawing near...
Herman's Hermits. No milk today
Desde jardín de infantes –todavía no se llamaba preescolar– a cuarto grado fui a una escuela hermosa. Tenía jardines y patios enormes para jugar, calefacción, ascensores, pileta de natación, una terraza con torres, retoños de varios árboles históricos bajo los cuales había una placa conmemorativa, un verdadero teatro para los actos y un museo lleno de maravillas para inspeccionar...
Recuerdo haber escrito con prolija aplicación en las carátulas de mis cuadernos el nombre de la directora: Martha A. Salotti. Por supuesto, en ese momento no tenía idea de quién era esa notable pedagoga, heredera cultural de Rosario Vera Peñaloza. Sí, en cambio, sabía que Rosario Vera había tenido un rol protagónico en la creación del museo porque, entre otras cosas, cada vez que nos acercábamos a las mesas con enormes mapas en relieve de la Argentina, nuestras maestras nos decían: ¡Cuidadito con tocar que todas estas cosas las hizo la señorita Rosario! De hecho, esa maestra ejemplar fue la creadora del Complejo Museológico de la escuela.
Era, aunque por la descripción no lo parezca, una institución estatal. Mis padres, fanáticos de la educación pública, no hubiesen considerado otra alternativa. Era –es– lo que el inmigrante benefactor que donó los fondos para su construcción había querido: "un palacio para los niños".
Ahí, entre otras cosas no menos importantes, empezaron a enseñarme a amar a mi patria.
Cada vez que escucho esta canción recuerdo con cariño y orgullo mi primera escuela: el Instituto Félix Fernando Bernasconi.
Rosarito Vera, maestra. Mercedes Sosa
Biografía de Rosario Vera Peñaloza
El club del clan, fragmento de la película.
Yo soy aquel. Raphael
Génesis. Vox Dei
Negra no te vayas de mi lado. Banana
Starting over. John Lennon
Yo tendría alrededor de quince años cuando Claudia Sánchez y Nono Pugliese recorrían el mundo filmando comerciales para L&M. De todos los lugares maravillosos que mostraban en menos de un minuto, el que me fascinaba era Portofino. 
