Nos sentábamos en ronda y charlábamos un rato pero enseguida alguien sacaba la guitarra y empezaba la otra ronda, la de canciones. El repertorio era siempre el mismo pero nos parecía que lo reeditábamos cada vez que nos juntábamos a cantar. Casi todos lo hacíamos bastante mal y sólo algunos, los que conservaban un poco el pudor por sus escasas aptitudes musicales, se quedaban escuchando en silencio.
Eran tiempos de facultades cerradas o infiltradas por los servicios de seguridad. Cantar ya era desafiar al "proceso". Cantar las canciones que nosotros cantábamos era mucho más que eso; era tomar posición, era rebelarse, era reivindicar la libertad, era denunciar lo que todos callaban: la tortura y la muerte.
La mayoría de nosotros militaba en la jotapé y sabíamos de otros cantos menos esperanzados, de las tardes en que subrepticiamente nos metíamos en las villas y de las ausencias que día a día se multiplicaban. Frente al miedo y a la clandestinidad, nos dábamos valor con mates o con vino tinto. Nuestros eternos compañeros eran los volantes mimeografiados que hacíamos circular con discreción.
Creíamos que la paz era posible. Creíamos que éramos pequeños héroes luchando contra un gran poder. Creíamos que podíamos cambiar el mundo. Creíamos que venceríamos.
We shall overcome. Joan Baez
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